Salvita no era un número: la historia de un joven que soñaba con un futuro y fue alcanzado por la violencia
Alejandro Daniel García Ferrel

SAN LUIS POTOSÍ.— Gabriel Salvador Martínez Flores, conocido con cariño como “Salvita”, tenía apenas 21 años y estaba a solo un año de concluir la carrera de Criminología en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Su vida terminó de manera violenta, luego de recibir dos impactos de arma de fuego.
Detrás de las cifras de violencia hay rostros, familias, sueños y proyectos que quedan truncados. Detrás del nombre de Gabriel Salvador había un joven que todos los días trabajaba para construir un futuro mejor.
“Salvita” estudiaba, entrenaba y trabajaba. Además de ser un buen estudiante, formaba parte del equipo de tiro con arco de su facultad, disciplina en la que logró obtener premios y medallas en competencias realizadas en distintos estados del país.
Para contribuir a sus gastos y ayudarse económicamente, emprendió un pequeño negocio dentro de la universidad al que llamó “Los muertos de hambre”, donde preparaba y vendía chilaquiles verdes, empanadas y gelatinas entre estudiantes y profesores. Él mismo elaboraba las salsas y transportaba sus productos en bicicleta hasta la universidad.
Su compromiso con su familia también formaba parte de su vida cotidiana.
Los domingos ayudaba a su madre y a sus hermanos en la venta de ropa en un tianguis. Era quien se encargaba de montar y desmontar el puesto. Entre semana, además, regresaba a casa para preparar la comida de su abuela, una mujer de más de 80 años, mientras su madre trabajaba hasta altas horas de la noche.
También tenía tiempo para cuidar de otros. Rescataba perros y gatos, atendía un pequeño huerto que había sembrado en casa y, durante las vacaciones, buscaba trabajos de entrega de comida, vigilancia o limpieza.
No lo hacía solamente para salir adelante en el día a día. Tenía sueños.
Uno de ellos era viajar algún día a Colombia. Para conseguirlo, ahorraba poco a poco, con el esfuerzo de un joven que entendía que sus metas requerían trabajo y perseverancia.
Estudiante, trabajador, deportista, medallista, hijo, hermano, nieto y amigo. Así era Gabriel Salvador.
Una vida llena de actividades, responsabilidades y sueños que quedó interrumpida de manera abrupta por la violencia.
La despedida de “Salvita” dejó en evidencia la huella que había construido durante sus 21 años de vida. De acuerdo con el testimonio de su familia, la funeraria resultó insuficiente para recibir a todas las personas que acudieron a despedirlo: compañeros de secundaria y universidad, profesores, integrantes de su equipo de tiro con arco, vecinos, familiares y amigos.
En el cementerio, sus seres queridos le dieron el último adiós entre flores blancas, globos y música de mariachi.
Su tía también decidió levantar la voz y dirigir una dolorosa carta a la presidenta de México, en la que dejó una frase que resume el sentimiento de una familia que se niega a que la vida de Gabriel quede reducida a una estadística:
“Salvita no es, ni nunca será un simple número”.
Y no lo es.
Porque detrás de cada cifra de violencia existe una historia. Existe una madre que espera, una abuela que recuerda, hermanos que extrañan, amigos que ya no volverán a compartir momentos y sueños que quedaron pendientes.
Gabriel estaba haciendo lo que tantas veces se pide a los jóvenes: estudiar, trabajar, prepararse, esforzarse y luchar por un futuro mejor.
Pero la violencia alcanzó su camino antes de que pudiera conocer todo aquello por lo que estaba trabajando.
La pregunta queda abierta para toda una sociedad: ¿de qué sirve pedirles a nuestros jóvenes que estudien, trabajen y luchen por sus sueños, si no somos capaces de garantizarles algo tan básico como regresar con vida a casa?
La familia de Gabriel Salvador merece justicia. Sus amigos merecen respuestas. Y su historia merece ser contada no como una cifra más, sino como lo que realmente fue:
La vida de un joven de 21 años que tenía sueños, que se esforzaba por cumplirlos y que merecía la oportunidad de vivirlos.
Justicia para Salvita.
Que su nombre no se pierda entre las estadísticas. Que su historia nos recuerde que cada víctima tiene un rostro, una familia, una historia y un futuro que alguien decidió arrebatarle.
Gabriel Salvador Martínez Flores no fue un número. Fue un hijo, un hermano, un nieto, un estudiante, un deportista, un trabajador y un joven que soñaba con conocer Colombia.
Y, sobre todo, fue una vida que merecía continuar.
Fuente: Amor por México y Redes Sociales
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