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CÁRDENAS DESPIDE ENTRE LÁGRIMAS, DOLOR Y CLAMOR DE JUSTICIA A SAÚL, HOMBRE DE SERVICIO Y HUMILDAD

Alejandro Daniel García Ferrel

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Meoqui.- Con el dolor reflejado en cada rostro y el silencio roto apenas por el llanto, familiares, amigos y comunidad dieron el último adiós a Saúl Ochoa Pérez, uno de los diez mineros fallecidos en Sinaloa.

Sus restos arribaron al templo de la Inmaculada Concepción, donde se celebró una misa de cuerpo presente. Ahí, frente al altar y bajo la mirada de Jesús, su féretro color café fue colocado como símbolo de despedida, de entrega, de ese momento en que la fe intenta explicar lo que la vida no puede.

Dentro de ese ataúd yacía no solo un minero, sino un hombre que supo ser más que su oficio. Un padre, un hijo, un amigo. Un paramédico que, con lo que sabía, ayudó a quien lo necesitaba, sin preguntar demasiado, sin hacer ruido.

La ceremonia transcurrió entre oraciones, lágrimas contenidas y miradas perdidas. Afuera, el sol seguía su curso, como si nada hubiera pasado. Pero adentro, el tiempo parecía haberse detenido.

Al finalizar la misa, el féretro fue acompañado por sus seres queridos hasta una carroza blanca. No hubo prisa, porque nadie quiere apresurar el último momento. Cada paso dolía.

El cortejo avanzó hacia el campo santo de Lázaro Cárdenas, donde finalmente Saúl fue sepultado. Ahí, entre aplausos que intentaban imponerse al dolor y un clamor de justicia que no se apaga, se marcó el final de su camino en esta tierra.

Quedaron las lágrimas. El vacío. Y también la memoria de un hombre que eligió ayudar, incluso cuando la vida no prometía nada a cambio.

Descanse en paz, Saúl Ochoa Pérez.

 

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